
Si usted se dedica al mundo de lo esotérico, como apunta la RAE (por empezar rigurosa), dícese de “aquella cosa que resulta impenetrable o de difícil acceso para la mente” … está bien jodido.
De entrada, nadie me puede negar que es un reducto de la existencia absolutamente atrayente para el ser humano (la fascinación por lo desconocido, que pasa lo mismo con lo prohibido). Pero la doble moral brilla por su presencia cargada de incoherencia.
No es menos cierto, y lo comprendo a la perfección, que hay algunas causas que han contribuido al deterioro degenerativo de su apariencia (en las que – por obvias- no me apetece ahora mismo entrar). También me gustaría añadir que quienes embarran la esencia de esta realidad suelen ser empresas de dudoso interés por la espiritualidad, la evolución del ser y el desarrollo social y humano (vaya, ya entré). Es decir, que cada vez creo más que hay menos farsantes de lo que me parecía antes, puesto que no debe ser en absoluto casual sentirse llamado por el mundo de lo trascendental, del interés por descifrar la información velada a la -común- mente racional. Sin embargo, ceñirse a escaletas y minutajes… podría constreñir el desenvolvimiento natural y orgánico del “don”.
El problema es esta palabrita (como todos los conceptos, o nos entendemos o nos matamos por ellos). Porque tener un don, desde el punto de vista místico o mágico, coloca a unos en una escala de verticalidad sobre otros (peligro). Mas, desde el punto de vista del desarrollo humano, todas las personas, en una equitativa línea horizontal, gozamos de ciertos dones y talentos, habilidades que de forma innata o como resultado de la experiencia permiten que seamos arrastrados hacia la misión de entregar esa parte virtuosa nuestra en la siembra perenne de la vida.
Personalmente, me gusta mucho más la definición horizontal. De esta forma me resbala, gustosamente, el hecho de seguir escuchando eso de que “no se debe de cobrar si tienes un don”. A ver, quien goce de una excelente habilidad para construir un edificio; para pintar un cuadro; para deleitarnos con un instrumento; para hacer alquimia gastronómica con los alimentos; para arreglar un coche; para montar un negocio; para sanar a otros; para la enseñanza… y así un largo etcétera interminable de oficios, ocupaciones y desempeños profesionales, QUÉ NO COBRE (y dedique, por supuesto, su valioso tiempo a los demás mientras muere de hambre). Miren, me encantaría llegar a ese nivel de generosidad e iluminación. Pero, de momento, va a ser que no.
No obstante a lo anterior, es verdad que, dentro de la profesionalización de este tipo de cometidos (yo misma me doy rabia al tender a tirar de eufemismos, al final os contaré el porqué), hay grados de profesionalidad. Por ejemplo, tener una capacidad y ponerla en práctica, con un fin realmente positivo, está muy bien; exagerar esa capacidad, para manipular mentes vulnerables e impresionables… (rellena aquí con lo que quieras). Ofrecer tus servicios con transparencia está genial; pero crear toda una ritualística inasumible económicamente con el fin de “ayudar en algo a alguien” … (rellena).
De lo que sí estoy convencida es de que, tanto para el profesional, como para el cliente, debe existir una máxima empírica, que se mide a través de la operatividad y utilidad que es destilada por el filtro de la experiencia. Convertir la fe en una persona o en una técnica en la certeza de lo que soy capaz de comprobar en mí (por supuesto, sin necesidad de demostrar nada a nadie más, solo faltaba). La clave está en el “desde dónde” y en el “para qué”, esto va a definir enormemente el resultado.
Y, en este sentido, creo que bajo el siguiente epígrafe (y no bajo el que te hallarás en el régimen de autónomos de “astrólogos y similares”) se tendría que colocar cualquier don de este calibre: DESDE un conocimiento constante y un bagaje incesante sobre la verdadera realidad espiritual y PARA el servicio evolutivo de la consciencia colectiva (que empieza por y para uno mismo siempre, porque, al final, somos lo mismo).
¡En fin! Llevo toda la vida estudiando y refinando mi manera de pensar. Desde las líneas puramente oficiales, hasta los métodos autodidactas más alternativos, incluso genuinos, pero de enorme resonancia estos con aquello que identifico claramente como mi propio y sabio ser (lo que de verdad me importa). Todo me sirvió para algo y me conformó en algún sentido, para acoger o para enfatizar sobre el soltar. Y, aun así, puedo notar como la valiente decisión de apostar por lo que vibra conmigo desactiva, de forma tácita y susurrada, cualquier mérito que se me hubiese reconocido cuando me encontraba, obviamente de forma muy aparente, dentro del redil.
Por eso, y para concluir de una vez, me gustaría terminar diciendo que, si usted quiere apostar por un don poco normativo, nadie vaya a confundir el éxito, cuyo canon es establecido por la mirada estructural, dominante e ignorante en muchos sentidos, con la victoria que implica apostar por la congruencia con quien realmente se es. Hay un montón de barreras que, desde siempre, no nos han permitido ser, pero cuando uno crece (física y culturalmente, pero también en consciencia) tiene la absoluta responsabilidad de derribarlas y procurar no levantarlas contra sus semejantes (especialmente, los de mente más tierna).
Y, como último mensaje, para todos aquellos que se sigan moviendo en la línea vertical de lo sutil, por encima de los pobres mortales, no olviden que el mundo espiritual y el mundo físico son la misma realidad, tan solo vista desde diferentes prismas; de modo que solo cuando comprendes la perspectiva profunda, que a todos abarca por igual, ves lo mundano como la magia que encierra, desprovista de toda especialidad.
¡Hágase funcionario! Todo le resultará más fácil (o no).
Bendiciones.
